Lucía

Rafael

Alvarito

Manuela

Rocío

Diego

Vicente

Julián

Ángela

Tomás

Lourdes

Juanjo

Ginés

Antoñito

Joanna

Olga

¿QUIÉN ES EL ASESINO?

Triana Aguilera del libro Siluetas del Pasado, novela de misterio interactiva

En 1992, Triana Aguilera, una joven de 15 años, es asesinada en un pequeño pueblo de Jaén. Diez años después, Rafael, su novio de entonces, decide investigar el crimen, sin imaginar que su búsqueda de la verdad destapará una red de secretos oscuros que atraviesa a la pandilla, pero que también se extiende por las grietas del pueblo entero: vecinos, autoridades, familias… todos parecen haber callado algo. Veinte años más tarde, Rafael yace en coma. Su esposa, Paula, encuentra el diario donde él registró cada hallazgo de su investigación… y al leerlo, descubre que la verdad nunca estuvo tan enterrada como creían.

Juego del Quién es quién del libro Siluetas del Pasado, novela de misterio interactiva
Portada del libro Siluetas del Pasado, novela de misterio interactiva
ESCENAS DEL LIBRO:
1.-Llegada a Arcas del Olivar
Imagen 1 Camino a Arcas del OlivarImagen 2 Camino a Arcas del Olivar
El coche patrulla encendió las luces azules y el sonido estridente de la sirena resonó indicando que debía detenerme.
Desde su Nissan Patrol, la agente me hizo señas para que me detuviera en la zona de descanso más cercana. Al estacionar, se aproximó hacia mí con determinación. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, bajé la ventanilla y le mostré una amplia mueca de satisfacción.
Su pelo, liso y moreno, destacaba con sutiles reflejos castaño claro. Un flequillo enmarcaba su rostro, mientras que el resto del cabello lo mantenía recogido en una coleta, realzando sus facciones con naturalidad. Aunque se acercaba a los 50 años, tenía un atractivo innegable. Llevaba unas gafas de sol al estilo Maverick de Top Gun, lo que le daba un toque de seriedad y misterio. Su figura denotaba que estaba en buena forma.
—¡Buenos días! ¿Sabe por qué le he hecho detener el vehículo? —preguntó, con un encantador acento andaluz característico de Jaén.
—Supongo, señora. Tal vez sea porque han detectado que el coche es robado, o quizás… porque saben que conduzco sin carné.
—Qué suerte la mía, soy un imán de tarados —murmuraba irritada a medida que examinaba mi matrícula y transmitía la información por el walkie-talkie—. Sí, central, Barcelona, 1, 7, 3, 0, India y Bravo. De un tal Rafael… Soto —hizo una pausa, quitándose sus grandes lentes polarizadas y mirándome fijamente, notablemente confundida—. Residente en Cornellá...
Fue en ese preciso instante cuando se detuvo.
—No, central, nada. Olvídese.
De repente, su expresión pasó a ser alegre, soltando con asombro:
—¡Rafita! ¡¿Será posible?! ¡Vaya tela, no puedo creer que seas tú! ¡Cómo has crecido! —gritaba entusiasmada, dándome pequeños golpes en el hombro —. Pensaba… menudo personaje que me ha tocado —confesó entre risas.
—Iba a parar la broma en caso de que me esposaras.
—Anda, que… ya te vale, sigues tan bromista como siempre, no has cambiado. A ver, déjame que te vea —se apartó unos pasos para examinarme detenidamente, observándome de arriba a abajo—. Estás estupendo, más alto y más guapo con esa barbita —comentó mientras me achuchaba con un enorme abrazo.
Su cariño me devolvió a aquellos días de infancia, donde todo parecía parte de un sueño.
Imagen 2 Camino a Arcas del Olivar
2.-Visita al cementerio
Imagen 1 Visita al cementerioImagen 2 Visita al cementerio
En ese momento, mirando las fotografías de mis abuelos enmarcadas en el mármol, medité sobre si en un futuro, cuando falten sus hijos y nietos, alguien se acordaría de ellos.
—¿Crees que en cien años nos recordarán? —cuestioné, en tono pensativo—. Me pregunto si, una vez que ya no estemos en este mundo, la gente, o incluso nuestros propios descendientes, seguirán pensando en nosotros. Es posible que, con el tiempo, los hijos de nuestros nietos, por ejemplo, solo nos recuerden como parientes lejanos, ¿no crees?
—¿Qué me vas a contar a mí? Hay nichos que llevan aquí siglos y que nunca nadie viene a visitarlos, y te digo más, hay algunos con menos de diez años de antigüedad y tampoco. Así es la vida: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Después de una amena charla, nos dirigimos a visitar a Triana. En la lápida pude leer:
TRIANA AGUILERA NOWAK 1977-1992
JULIÁN AGUILERA CANO 1950-1993
—No sabía que el padre había fallecido —expresé con sorpresa.
—Sí, fue un accidente en los olivos; una verdadera tragedia.
—Qué mala suerte han tenido: dos muertes por accidente —añadí, ignorante.
Tras escuchar mis palabras, frunció el ceño con una mezcla de extrañeza y preocupación en su rostro:
—No Rafa, no. Triana… Triana fue asesinada. ¿No lo sabías?
—¡¿Qué?! ¡¿Asesinada?! —pregunté, atónito— No, no, Triana se accidentó en el Pasaje del cuatro. Era de noche y llovía y en la oscuridad… se resbaló y se golpeó la cabeza —respiré profundamente, alterado—. Sucedió hace diez años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. No fue asesinada, fue un accidente —concluí, incrédulo e inquieto por la situación.
—Amigo, eras solo un adolescente, pero ahora eres todo un adulto y debes saber la verdad. Mi padre, antes de jubilarse, le hizo la autopsia y te puedo asegurar que tu chica fue asesinada.
Me agarró fuertemente por los hombros al percibir que comenzaba a desvanecerme ligeramente. Luego, agregó:
—Me imagino que te contaron esa versión para que no te afectara tanto, pero lamento decirte que fue así. El culpable sigue siendo un misterio.
Guardé silencio durante un breve intervalo de tiempo, con la mirada perdida y el rostro consternado. Él me seguía sosteniendo con firmeza, atento a mi reacción:
Imagen 2 Visita al cementerio
3.-Tomando el sol
Imagen 1 Tomando el solImagen 1 Tomando el sol
Una vez realizada la siesta, decidí broncearme: mi piel estaba tan pálida como el yeso tras pasar un mes hibernando en mi apartamento por culpa del proyecto de fin de carrera.
En medio de una calma absoluta, un avión de papel se estrelló sobre mis pies. Luego, sentí gotitas de agua caer sobre mi pecho. Asombrado por el buen día que hacía, levanté la vista al cielo y, de pronto, escuché una risa infantil. Vi entonces a una niña asomada a la ventana de mi vecina; tenía el pelo rizado, salpicado de destellos rubios iluminados por el sol. No dejaba de reír, hasta que el potente grito de una mujer joven estalló a sus espaldas:
—¡Almudena, deja al Periquinito, que eres más molesta que una chaqueta larga!
La reconocí de inmediato: era mi amiga Rocío. Su cabello era moreno, largo y enroscado, y sus ojos negros brillaban con intensidad; conservaba esa esencia cautivadora de su adolescencia.
—¿Rocío? ¿Eres tú?
—Sí, la misma —afirmó, con un gesto de alegría.
—¡Cuánto tiempo por Dios! ¡Estás estupenda! —exclamé, sorprendido por lo radiante que la encontré.
—¿Sí? Gracias, Rafa.
—¿Sigues viviendo con tu madre?
—Pues sí, pero ahora como puedes comprobar tenemos una boca más que alimentar.
—¡Qué niña más guapa! ¿Es tu hija?
—Sí, lo es; ha salido a su padre.
—¿Su padre? ¿Quién es? —pregunté, intrigado, alzando un poco la voz por la distancia que había entre ambos.
—Si quieres… vente y hablamos con más tranquilidad —sugirió mientras echaba un vistazo a su alrededor.
—Sí, dame un minuto.
En ese preciso momento, las siluetas de los vecinos se dibujaban tras los visillos, curiosos por descubrir la razón de la visita del nieto de Mamatana a su vivienda deshabitada desde hacía una década. Sin embargo, no era para averiguar la identidad del padre de Almudena, ya que esa información era conocida y se había difundido por todo el pueblo como si se hubiera publicado en el ¡Qué me dices!
Imagen 2 Tomando el sol
4.-Cena en Arquería de la Cruz
Imagen 1 de cena en Arquería de la CruzImagen 2 de cena en Arquería de la Cruz
Entré en la pequeña casa centenaria de dos pisos. El mobiliario combinaba con estilo antigüedades y elementos modernos, dando lugar a un ambiente cercano y confortable.
Me dejé caer en el sofá, expectante, con un cosquilleo de inquietud que hacía que mis dedos tamborilearan sin control mientras clavaba la vista en un rancio cuadro de caza: una jauría de perros acosando a un ciervo en un bosque oscuro.
Entonces la vi. Lucía bajaba las escaleras envuelta en un vestido rojo que abrazaba su figura. Sus rizos, recién peinados, se dejaban caer sobre sus hombros desnudos. Por un instante, me recordó a la bellísima Kelly LeBrock, dejándome paralizado, como Gene Wilder en La mujer de rojo, incapaz de apartar la mirada de su deslumbrante presencia.
Conforme descendía, parecía que el mundo se ralentizaba. La única melodía que llenaba mi mente era I Just Called To Say I Love You, de Stevie Wonder. Al encontrarse nuestros ojos, su expresión resplandeció, bañando el cuarto de estar con una luz que me hizo sentir atrapado en un sueño del que no deseaba despertar. Pero tuve que hacerlo cuando su madre, entre risas, me interrumpió:
—¡Rafael! ¿No me oyes? ¡Estás empanao!
—¡Eh!, perdona… ¿qué me decías?
—Te preguntaba qué querías de beber, ¿vino tinto o blanco?
—Rojo, digo… ¡tinto! —me apresuré a corregir, aunque sentía el rubor intensificándose.
—¡Sí, como el de tu cara! —soltó su hija riéndose sin parar.
Para qué intentar disimular, si ya estaban mofándose de buena gana. Si bien tengo que admitir que no me molestó para nada, incluso me hizo gracia.
Imagen 2 de cena en Arquería de la Cruz
5.-Expediente Triana Aguilera
Imagen 1 de cena en Arquería de la CruzImagen 2 de Expediente Triana Aguilera
Mientras estiraba la mano bajo una mesita para alcanzar uno de los dados, mis ojos se toparon con una caja archivadora cerca del despacho. En la tapa, escrito con rotulador negro, podía leerse:
«Expediente #760619 - Triana Aguilera (agosto-1992)».
—No la tomes muy en serio, ella es así —dijo Ángela, sin mirarme—. Además, recuerda que era una de sus mejores amigas. Le afectó tanto que no puede hablar del tema.
—¿Y aquella caja? ¿Está abierta la investigación?
—Sí… cuando regresaste a Arcas, la traje a casa. La espina de no haber resuelto el caso sigue clavada y lo he vuelto a abrir por mi cuenta. Pero como te digo, no tengo autorización para revelarte ningún detalle. Es secreto de sumario. Lo lamento de corazón.
Después fingí tener sed. Pero no era sed lo que tenía, sino una necesidad urgente de fisgonear en el papeleo de la investigación que ella me había resumido. La idea me vino de golpe, una fusión de impulso y descaro. Así que me lancé, sabiendo que era una jugada arriesgada y que no podía dejar pasar dicha oportunidad.
—Perdona, pero… ¿tienes un zumo para beber? —le pregunté con la expresión más natural que pude conseguir.
—Vale, ahora vengo. Yo también me serviré uno.
Tras dirigirse hacia la cocina, aproveché aquel descuido para acercarme a aquella caja de cartón. Con el pulso acelerado, levanté la tapa y hojeé las primeras páginas. De pronto, me topé con unas imágenes desgarradoras del cuerpo sin vida de Triana. Dicha crudeza me paralizó. Sentí un nudo en la garganta, y mi respiración se tornó irregular, pero me mantuve firme, incapaz de apartar la mirada.
El corazón me latía con fuerza en el pecho. Intuí que volvería en cuestión de segundos, así que tomé una decisión irreflexiva: deslizar una de las fotografías dentro de mi bandolera. Junto a ella, guardé también la primera página del expediente, donde se detallaba el nombre del principal sospechoso y el informe forense.
Imagen 2 Expediente Triana Aguilera
6.-Lectura del informe forense
Imagen 1 de Lectura del informe forenseImagen 2 de Lectura del informe forense
Una vez solo en casa, examiné con calma el informe redactado por el teniente José Ramón Martínez. En él, el padre Tomás figuraba como el principal sospechoso. Según el testimonio de la vecina del cura, la noche del crimen se escucharon gritos desgarradores de una chica provenientes del patio de la parroquia. Allí mismo se hallaron macetas rotas, indicio claro de un posible forcejeo.
El dossier también contenía el relato de dos declaraciones, donde aseguraban haber visto a Tomás Padilla correr desesperadamente cerca del Pasaje del cuatro, con una camisa blanca ensangrentada.
En ese momento me acordé de la amenaza que le hizo el párroco a mi chica: «SI DESVELAS MI SECRETO, SELLARÁS TU DESTINO». Me preguntaba cuál sería su secreto: ¿era el abuso que ejercía sobre ella? Era consciente de que debía interrogarlo cuanto antes.
Por otra parte, un tercer testigo mencionó haber distinguido a un hombre en los alrededores de la iglesia; aunque solo pudo verlo de espaldas, recordó que cojeaba levemente. Pero lo que más me impactó fue leer que el mismo declarante confesó haber visto a una mujer morena con los brazos manchados de sangre deambular por la misma zona minutos más tarde.
Por un instante, mi mente me hizo pensar que pudiera ser Lucía, aunque en lo más profundo de mi ser lo negaba. Su enfado en la cena me hacía dudar aún más.
Por otro lado, se reportó la presencia de una furgoneta blanca, de tamaño mediano y carrocería tipo furgón. Estaba mal estacionada junto a la plaza, pero tras el asesinato, desapareció sin dejar rastro.
Al observar con determinación la fotografía del cuerpo sin vida de Triana, comprendí la crudeza de la escena. Había sido encontrada en postura fetal, con su vestido parcialmente teñido de sangre. Los calcetines cubiertos de tierra hablaban de una caída o un arrastre sobre el terreno. Pero fue la herida en la zona superior de la cabeza lo que más me sobrecogió.
El bolso estaba abierto, y sus objetos personales: una cartera, un pañuelo y la carcasa de un inhalador yacían dispersos por el suelo. Fue este último detalle el que me dejó desconcertado.
Cuando llegué a la sección final, el reporte forense, leí con el corazón encogido: «El cadáver presenta una laceración en la región nucal, traumatismo craneoencefálico severo, contusiones bilaterales en las rótulas y signos compatibles con una agresión vaginal, sugiriendo una posible violación».
Al enfrentarme a este punto tan perturbador, solté un grito desesperado. Sentí un impulso irrefrenable de arrancarme la piel, como si eso pudiera liberar la rabia que me consumía por dentro. Lo más atroz fue descubrir que Tomás había sido denunciado meses atrás por un presunto abuso sexual contra Triana. Esa revelación encendió en mí una furia que no lograba controlar.
Imagen 2 Lectura del informe forense
7.-Charlando con la Sra. Mercedes
Imagen 1 de Charlando con la Sra. MercedesImagen 2 de Charlando con la Sra. Mercedes
Tras bajar el último peldaño de los escalones, perdimos de vista al párroco.
—Mira lo que he conseguido —susurré orgulloso.
Abrí mi bandolera y le enseñé una pequeña muestra de tierra envuelta en una hoja grande de hiedra, asegurada con un trozo de enredadera que había arrancado de la pared.
—¡Joder, macho! Tienes más peligro que MacGyver en una ferretería.
—Qué exagerao, no ha sido para tanto, pura improvisación. Aunque bueno, tu estrategia de ir al baño… esa sí que fue la jugada clave, no te voy a mentir.
—¿Estrategia? ¿Qué estrategia?
—Oye, ¿Cómo sabías que era un fanático de los cómics?
—Pues lo sé porque en carnaval se disfraza de Batman, Capitán América e incluso el año pasado de Hulk —me confió entre risas.
—Qué cura más molón.
De pronto, nos percatamos de que una anciana que alimentaba con pescado a unos gatitos callejeros prestaba atención a toda nuestra conversación. Al ser descubierta, se atrevió a intervenir:
—Sí, no es como el anterior. Menudo pájaro espino era.
Quedamos atónitos al atender las palabras de aquella señora. Alvarito, que la conocía, no perdió la oportunidad de interrogarla:
—Sra. Mercedes, ¿por qué dice eso del padre Tomás?
—¿Que por qué lo digo? Ese curita era un libertino. No paraba de recibir mujeres en su apartamento.
—¿Mujeres? ¿Eso se lo ha dicho uno de sus gatos espía? ¿No serían feligresas que lo visitaban por algún tema de la parroquia?
—Mira, Palomeque, no me tomes por loca, que yo no lo estoy. Vivo aquí enfrente y, desde mi casa, muchas veces escuché gritos desde su picadero. Te puedo asegurar que no eran de visitas espirituales. Y sobre todo tenía muchos encuentros con Triana.
—¿Con mi prima? Por favor, señora, las insinuaciones que está haciendo son muy graves.
—Pues, es la verdad. Y te cuento más: un par de meses antes de que el cura la asesinara, a las 10 de la noche oí gemidos. Pero en este caso eran de dolor, no como los habituales. Entonces vi a Triana en la ventana, semidesnuda, vistiéndose apurada.
Imagen 2 Charlando con la Sra. Mercedes
8.-Visita a Lourdes
Imagen 1 de Visita a LourdesImagen 2 de Visita a Lourdes
Apareció una mujer alta, de cabello oscuro y ojos claros. Empujó la entrada de la librería con la cadera y entró cargando una caja repleta de libros. Al reconocerla, me quedé paralizado por la sorpresa:
—¿Has visto, chaval? Es Lourdes, la hermana de Tomás. ¿No? —susurré, incrédulo.
—Pues ni puta idea, macho. De lejos no veo tres en un burro.
Me acerqué con discreción, lo justo para confirmar que efectivamente era ella.
—Perdona, ¿Lourdes? ¿Eres Lourdes Padilla?
Asustada, intentó cerrar la puerta con rapidez.
—¡¿Quién eres?! —gritó, visiblemente nerviosa.
—Tranquila. Soy Rafael, me diste clases de latín hace diez años —me giré y le hice una señal a Palomeque para que se uniera a nosotros—. Y él es Álvaro, el hijo del panadero. Somos de Arcas del Olivar. ¿Nos recuerdas?
Durante unos segundos nos observó con atención, evaluándonos en silencio. Luego asintió y, tras echar un vistazo con precaución a su alrededor, nos invitó a acceder:
—Entrad, rápido, venga —dijo, bajando el tono.
En cuanto cruzamos el umbral, cerró con llave tras de sí.
—¡¿Qué queréis?! —exclamó, inquieta.
—Nos gustaría hablar con tu hermano sobre lo que ocurrió aquel verano en que asesinaron a Triana Aguilera. Existen pruebas que lo implican, y queremos darle la oportunidad de defenderse —le propuse con firmeza.
—Es inocente de todo lo que se le acusó.
Imagen 2 de Visita a Lourdes
9.-Habitación de Triana
Imagen 1 de habitación de TrianaImagen 2 de habitación de Triana
—¡Dios santo, es el cuarto de tu hermana y está prácticamente igual!
—Sí, ahora es el mío. Lo tengo tal cual, con su decoración; así la siento más cerca.
Las paredes del dormitorio eran de un tono rosa apagado, y al fondo colgaban varios pósteres rescatados de la Super POP, con rostros de los Backstreet Boys y New Kids on the Block sonriendo desde el papel satinado.
Me detuve en uno en particular: Shannen Doherty y Luke Perry, la mítica pareja de Sensación de Vivir, posaban abrazados, con esa mirada intensa que hacía suspirar a toda una generación. Al contemplarlo, reviví el momento en que Triana me confesó su deseo de huir conmigo, inspirada por los protagonistas de la serie.
Sobre una silla, descansaba su oso panda de la suerte, aquel viejo peluche de un ojo tuerto donde, bajo el suave relleno, solía esconder las poesías que le escribía.
En el escritorio, se podía ver su carpeta del instituto, cubierta con recortes de Eros Ramazzotti, Alejandro Sanz y Tom Cruise. En las estanterías, varias libretas acumulaban bocetos a lápiz, todos dibujados por Triana. Joanna, al notar mi fascinación por una de ellas, me la regaló, como si me confiara un fragmento de la memoria de su hermana. Le agradecí, conmovido.
—¿Sabes Joanna? Recuerdo que se pasaba horas y horas retratando diferentes escenarios de Arcas. Me encantaba su peculiar forma de dibujar.
—Sí, era muy perfeccionista, nunca se quedaba satisfecha de sus obras.
Imagen 2 de de habitación de Triana
10.-Tomando gazpacho con Joanna
Imagen 1 tomando gazpacho desde la terrazaImagen 2 tomando gazpacho desde la terraza
Después de aquel recorrido por la habitación, casi como una visita a un pequeño museo dedicado a Triana, me invitó a disfrutar del gazpacho, acomodándonos en dos pequeñas butacas de la terraza. Al contemplar las vistas, comenté:
—Así que este es la famosa casa de los Cortés.
—Sí, de don Vicente.
Al mirar hacia abajo, distinguí un pequeño terreno donde una serie de hortalizas crecían meticulosamente alineadas.
—¿Sabes? La noche que asesinaron a mi hermana, pude ver a una chica, con una gabardina de hombre y una peluca rubia, al estilo de Pretty Woman. Salía apresurada del portal de mi vecino.
—¡Ostras!
Me quedé helado. Aquella información no figuraba en mis quinielas, ni por asomo.
—A ver… ¿me estás diciendo que viste a una mujer joven salir corriendo de casa de Vicente el día del asesinato? ¿Supiste quién era?
—No, apenas la vi de refilón. Pero era una mujer, de eso estoy segura.
—Lo más extraño fue que la gabardina estaba manchada… de vino, o de sangre. Y corría como si huyera de un crimen. Bueno, a lo mejor solamente era que empezaba a llover y no tenía paraguas, quién sabe —añadió, pensativa.
—Vaya… no sé quién podría ser, pero me intriga mucho.
—No le des más vueltas. Tal vez fuera una invitada de una de las fiestas privadas que celebraba el Sr. Cortés. Puede que se manchara con alguna bebida y saliera huyendo porque él la trató mal o algo por el estilo.
Imagen 2 tomando gazpacho desde la terraza
11.-Visitando tienda de Manolita
Imagen 1 Visitando tienda de ManolitaImagen 2 Visitando tienda de Manolita
Dirigiéndome al estudio de revelado, volví a pasar por delante del negocio de Manuela. Allí seguía, absorta en su trabajo mientras preparaba un escaparate con dedicación. Me detuve un instante, con una intuición fugaz que me hizo pensar que tal vez la chica con aquella gabardina podría ser Rocío.
Desde detrás del cristal, ella me observaba fijamente, con una mezcla de curiosidad y sorpresa. Al acceder de nuevo, me preguntó:
—Rafa, ¿qué se te ha olvidado?
Al verme con la cámara de fotos en mi bandolera, improvisé:
—Nada, esto… ¿tienes pilas de las gorditas? —pregunté algo nervioso, al tiempo que ella me miraba confusa—. Las doble A, quiero decir.
—Ah, sí, claro.
Me las fue a buscar y, en ese momento, una extraña sensación me invadió, como si estuviera en la piel del agente Cooper investigando la muerte de Laura Palmer. Sin embargo, en mi caso, no estaba afeitado ni tenía el pelo engominado y mucho menos llevaba un traje de mil dólares. Todo lo contrario: iba despeinado y con barba de más de un mes. En cuanto a la vestimenta, la comparación era aún más desoladora: tenía puesta una camiseta del grupo Seguridad Social, un bañador azul ya desgastado por el sol y unas chanclas con la bandera de Brasil, que curiosamente me costaron un euro como suplemento en una promoción del McDonald's.
—Manuela, una cosa, ¿en el verano del 92 te llegaron a comprar alguna peluca?
—Pues … creo que puede ser. Sí, ese verano, hice la venta de una peluca.
Me incliné hacia ella, expectante.
—¿A quién?
—A Triana.
Imagen 2 Visitando tienda de Manolita
12.-En casa con Rocío
Imagen 1 En casa con RocíoImagen 2 En casa con Rocío
Al acceder al patio y contemplar el espacio tan vacío, comentó:
—¿Recuerdas cuando éramos unos críos y nos bañábamos en pelotillas en una piscina de plástico?
—Y tanto. Era súper pequeña, pero cabíamos en ella Lucy, tú y yo. Podríamos repetirlo, ¿no crees?
—Sí, ya te gustaría —sonrió.
—También me acuerdo, que pasada una hora, mi madre nos asustaba diciendo que teníamos que salir porque, si no, se nos pondrían las manos arrugadas como las de un anciano. Entonces, muertos de miedo, salíamos corriendo al ver que ya estaban así.
—Oye, perdona que te pregunte, pero… ¿crees que Diego es violento?
Desvió la vista hacia su ventana. Luego volvió a mirarme, seria. Sacó un cigarrillo del bolso y, antes de hablar, lo encendió con calma, dejando que el humo se interpusiera entre nosotros.
—Vamos a dentro y te cuento. Te voy a explicar un incidente que ocurrió en las fiestas del Apóstol del 92.
—Cuéntame, por favor —dije, impaciente.
—Sucedió una noche, previamente a tu llegada. Triana se encontraba muy animada, ya que había tomado un poco de alcohol. Diego le sugirió dar un paseo, la tomó de un brazo y se la llevó a las eras.
—Joder, Rocío, me estás asustando, ¿qué coño pasó?
—Mira… no estoy muy orgullosa de lo que hice, pero te tengo que confesar que les seguí porque estaba muerta de celos. Cuando estuve lo suficientemente cerca, vi algo terrible —hizo una pequeña pausa, dando una gran calada a su pitillo y exhalando rápidamente—. Él trataba de quitarle el vestido e intentaba abusar de ella, aprovechando que estaba borracha perdida.
Me quedé pálido, procesando la información, sin saber cómo reaccionar. Seguidamente, prosiguió con su relato:
—Fue entonces cuando ella se defendió con valentía, arañándole toda la cara. En ese instante, salí de mi escondite. Al tiempo que él gritaba y se retiraba hacia su casa para curarse las heridas, yo corría para socorrerla.
—¡Venga ya! —espeté furioso.
Imagen 2 En casa con Rocío
13.-En la disco CHIQUI
Imagen 1 Visitando la disco CHIQUIImagen 2 Visitando la disco CHIQUI
Al llegar a la discoteca, el anfitrión se dirigió a la barra para prepararnos unos cubatas mientras Palomeque amenizaba el ambiente pinchando canciones de El último de la fila.
Después de preparar meticulosamente la sala para su pronta apertura, dejamos a Alvarito disfrutando de la música al tiempo que Diego y yo nos retirábamos al guardarropa para charlar tranquilamente.
—Por cierto, ¿te llevabas bien con Triana?
—Sí, de puta madre. Éramos grandes amigos; prácticamente nos criamos juntos. Recuerda que era mi vecina. De hecho, su casa pertenece a mi padre, y no sé si lo sabrás, pero a Joanna le sigue cobrando un alquiler bastante bajo. Es de renta antigua.
De golpe, nos giramos sorprendidos. Ahí estaba nuestro amigo, bailando en medio de la pista como si fuera Leonardo Dantés con El baile del pañuelo. De fondo sonaba Como un burro amarrado en la puerta del baile. Lo contemplamos durante unos segundos, sonriendo y sacudiendo la cabeza, incapaces de creer el espectáculo que estaba dando.
—En fin, a lo que iba, Diego. Te lo preguntaba porque me acuerdo que el día anterior a que fuera asesinada, te vi discutiendo con ella. Recuerdo que le gritabas: «!Eres una maldita mentirosa! ¡Por tu culpa me vas a arruinar la vida!» y por otra parte me ha llegado a los oídos que te había denunciado por una agresión un mes antes.
—No, no, a ver, nunca hubo nada. Bueno, sí que hubo una denuncia, pero era falsa. Si quieres te cuento lo que en verdad pasó aquella noche.
—Sí, por favor. Cuéntamelo, porque la otra versión no puedo ni conferirla —comenté, incómodo.
—Pues tranquilo, te repito que es falsa. Te lo juro. Mira, eran las fiestas del pueblo, yo me encontraba en la entrada de mi negocio con algunos clientes cuando vi a Triana muy borracha. Quería hacer pis en una esquina del aparcamiento de mi disco delante de todos. Como ya había cerrado el local, la acompañé hacia las afueras para que tuviera algo más de privacidad.
—Tengo entendido que le subiste el vestido y le metiste mano —solté para provocarle, observando cómo su expresión cambiaba en un instante de la sorpresa a la indignación.
—¡Eso es mentira! —gritó, visiblemente alterado—. ¡Yo no la toqué ni un pelo! Ella estaba meando y de repente, se cayó pidiendo ayuda y fui a levantarla. La cogí del brazo para que se incorporase, pero te vuelvo a jurar que no pasó nada. Rafa, te lo digo en serio, créeme, por favor.
Imagen 2 Visitando la disco CHIQUI
Compartir: Compartir por Facebook Compartir por Twitter icono de Whatsapp icono de Enlace
Enlace copiado
icono de Email