En ese momento, mirando las fotografías de mis abuelos enmarcadas en el mármol, medité sobre si en un futuro, cuando falten sus hijos y nietos, alguien se acordaría de ellos.
—¿Crees que en cien años nos recordarán? —cuestioné, en tono pensativo—. Me pregunto si, una vez que ya no estemos en este mundo, la gente, o incluso nuestros propios descendientes, seguirán pensando en nosotros. Es posible que, con el tiempo, los hijos de nuestros nietos, por ejemplo, solo nos recuerden como parientes lejanos, ¿no crees?
—¿Qué me vas a contar a mí? Hay nichos que llevan aquí siglos y que nunca nadie viene a visitarlos, y te digo más, hay algunos con menos de diez años de antigüedad y tampoco. Así es la vida: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Después de una amena charla, nos dirigimos a visitar a Triana. En la lápida pude leer:
TRIANA AGUILERA NOWAK 1977-1992
JULIÁN AGUILERA CANO 1950-1993
—No sabía que el padre había fallecido —expresé con sorpresa.
—Sí, fue un accidente en los olivos; una verdadera tragedia.
—Qué mala suerte han tenido: dos muertes por accidente —añadí, ignorante.
Tras escuchar mis palabras, frunció el ceño con una mezcla de extrañeza y preocupación en su rostro:
—No Rafa, no. Triana… Triana fue asesinada. ¿No lo sabías?
—¡¿Qué?! ¡¿Asesinada?! —pregunté, atónito— No, no, Triana se accidentó en el Pasaje del cuatro. Era de noche y llovía y en la oscuridad… se resbaló y se golpeó la cabeza —respiré profundamente, alterado—. Sucedió hace diez años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. No fue asesinada, fue un accidente —concluí, incrédulo e inquieto por la situación.
—Amigo, eras solo un adolescente, pero ahora eres todo un adulto y debes saber la verdad. Mi padre, antes de jubilarse, le hizo la autopsia y te puedo asegurar que tu chica fue asesinada.
Me agarró fuertemente por los hombros al percibir que comenzaba a desvanecerme ligeramente. Luego, agregó:
—Me imagino que te contaron esa versión para que no te afectara tanto, pero lamento decirte que fue así. El culpable sigue siendo un misterio.
Guardé silencio durante un breve intervalo de tiempo, con la mirada perdida y el rostro consternado. Él me seguía sosteniendo con firmeza, atento a mi reacción: